T. S. Grigera
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Todo tiene precio

Todo, o casi todo, tiene precio y todo, o casi todo, se puede comprar. Se puede pagar por comida, por un auto, por una casa. Pero también se puede pagar para que a uno le sirvan la comida, lo lleven en auto, lo dejen dormir en una habitación algunas noches, o para estacionar el auto por algún tiempo. Se puede pagar por el mejor asiento en un avión, por el derecho a elegir un asiento en un avion, para no hacer cola en el aeropuerto, o para que alguien haga cola en su lugar. Se puede pagar por sexo, o por compañia. Se puede pagar para acelerar ciertos trámites. Para todo hay mercado.

Esto no es una crítica al dinero. El dinero es un gran invento. Intercambiar bienes sin dinero es muy engorroso. Ponerle precio a un pollo, un arado o una rueda tiene bastante sentido. Pero hoy tienen precio cosas que quizás no deberían. Tienen precio las cosas, los servicios, el cuidado de la salud, la vida humana. Se ha sugerido que los niños para adoptar o los órganos para transplante deberían tener precio. Y todo esto sin salir de los mercados legales.

Estamos acostumbrados a pagar por todo, a que todo esté en venta (aunque no todo debería). Pero no debemos dejar que esa costumbre nos impida interrogarnos acerca de la legitimidad de esos precios. Tomemos por ejemplo el agua. El agua de red o envasada se paga. Pero ¿qué pagamos cuando pagamos por el agua? Ciertamente potabilizar el agua y transportarla hasta el lugar de consumo implica trabajo, y es justo pagar por ese trabajo. Pero, ¿es justo pagar por el agua en sí? ¿Es justo que el agua tenga dueño?

Y lo mismo podríamos decir del gas, del petróleo, del litio, o de cualquier mineral o recurso extraído de la tierra. Y hablando de tierra (que también, naturalmente, tiene precio): ¿cómo es que llegó a tener dueño? No siempre debido a los esforzados trabajos de sus propietarios: por poner un ejemplo, sabemos que enormes extensiones de tierras rurales argentinas terminaron en manos de un puñado de familias de la oligarquía como resultado de las campañas al “desierto”.

Sólo menciono esto para hacer notar que la propiedad privada no es tan sagrada como los propietarios pretenden que sea. Y que el hecho de que las cosas tengan precio en un mercado sólo quiere decir que se pueden comprar y vender, pero no que esa compraventa sea justa o conveniente para el bienestar general, y menos aún que ese precio represente el valor de lo intercambiado. Nada nuevo, pero no está mal recordarlo en estos tiempos en que el evangelio capitalista pretende consolidarse como la única verdad.